jueves, 6 de agosto de 2020

La naturaleza de Alfredo

“Que vale, que sí, que desde siempre hemos ido a la playa, pero este año ni de coña, Almudena. Con toda la mierda esta del Covid, yo no me voy a una playa. ¡Que vamos a llevar más tela en la boca que en el cuerpo! Y todo el mundo de aquí pallá, en los chiringuitos y toda esa mierda.”

Así que al final fue camping. Se fue y compró todo lo necesario con la seguridad del que no tiene ni idea: todo marca Quechua, como había recomendado el cuñao, que lo hace todos los años y bien que le va. Tienda, bolsas de dormir, colchones, lumin gas y linternas. Hasta pantalones de esos desmontables y livianos para los dos.

El plan era pasar una semana en un camping cercano a la Ruta del Cares, que todo el mundo decía que había que hacerla. La ruta llevaba aproximadamente un día, el resto del tiempo pensaban pasear un poco la zona y lo que surgiera. Pocos planes. Y lo que fuera, sería.

A Alfredo el viaje le costó la firme promesa de que al año siguiente volverían a Mazarrón, una bronca de tres pares de cojones cuando Almu vio la factura del Decathlon y la certeza de que obedecería sus más pequeños deseos durante al menos tres semanas. Pero se salió con la suya.

Salieron temprano: mascarilla en boca, depósito lleno y gps preparado para una paradita en un restaurante de esos de camioneros, recomendación del cuñao. Al llegar al restaurante, no cabía una bicicleta: que si esperaban una hora y media podían comer. La cara de Almudena era un poema. “Dale, mujer, nos tomamos una cervecita mientras esperamos”.

Llegaron bastante más tarde de lo previsto al camping. Alfredo montó la tienda solo, mientras Almudena se tomaba unas cervezas en el bar del camping, “como compensación”. Las instrucciones decían que cualquier niño la podría montar. “Pues el niño debía ser el puto Einstein”, se dijo. Una hora más tarde, con las manos machacadas, abrió youtube en el móvil y puso el nombre de la tienda de campaña al lado del verbo montar. En quince minutos estuvo lista. Se fue a buscar a Almudena, que se había ablandado bastante a base de zumo de cebada. Y terminó el día como debe terminar un primer día de vacaciones que empieza mal: depusieron y enfundaron armas.

Al día siguiente comenzó a llover. Mal día para caminarse una ruta al lado de una caída a pico de más de cien metros. Según el móvil llovería además varios días seguidos. Y mira que lo habían mirado antes de salir, pero el tiempo en Asturias no hay Dios que lo entienda. Habían esperado tener algo más de suerte y la tostada no había fallado: por el lado de la mantequilla, como siempre. Discutieron, “que si vamos a conocer algún pueblo”, “que si en Mazarrón no llueve nunca”, “que si sabes por donde te puedes meter Mazarrón”. Después de una intensa batalla, firmaron el armisticio sobre la inversión Quechua y decidieron almorzar algo frío y dar una vuelta por las cercanías.

El día lo terminó salvando un pequeño pueblo ganadero donde encontraron una señora que vendía Cabrales casero. Y sidra natural. Con una hogaza de pan que compraron allí mismo, se pusieron ciegos a queso, y, con la sed que daba eso, se bebieron la sidra que habían comprado para esa noche, la que habían comprado para llevarse de vuelta a Madrid y un par más que compraron en la tienda del camping.

Los dos días siguientes continuó la lluvia e hicieron turismo por los pueblos de la zona. Almu se fue reconciliando con las vacaciones. “En lo de la mascarilla tenías razón, aquí hay menos gente y es menos coñazo”. Además, tras varios días de ausencia de Netflix, el síndrome de abstinencia casi había desaparecido.

Recorrer aquella zona rural les pareció un poco como patearse La Comarca, del libro que ambos habían leído cuando sus inquietudes juveniles aun pujaban en la lucha de ciertos ideales. La gente iba de un lado a otro con más calma, en sintonía con el campo que trabajaba. Casi parecía que en cualquier momento podía aparecer por una curva la carreta de un paisano barbudo fumando en pipa bajo un gorro puntiagudo.

Y el cuarto día dejó de llover. Cogieron el coche y se fueron a hacer la famosa ruta. La sensación era la de ser los putos hobbits enfrentando a Caradhras. Un camino a un lado, pared al otro. Del lado del camino, una caída de esas que si la haces, más te vale estar bien rezao. Picos al lado, picos enfrente, un río bien crecido, todo verde como sólo se ve en las películas. Horas y horas de alimentar su alma solo con los ojos. El silencio se fue imponiendo paso a paso. Se dieron cuenta, íntimamente, de que hay silencios que contienen todas las voces, todas las respuestas a todas las preguntas. Como la mirada de un elfo milenario.

Al llegar, una única frase:
— Tío, esto es la hostia.

Y lo era.

jueves, 2 de enero de 2020

Casa

La casa abrió sus puertas engalanada, orgullosa de su atavío. Hoy volvía a ser el día. Sus entrañas habían conocido tiempos mejores. Cuando Joaquín la construyó, hace muchos años, la hizo con todo el amor de un hombre recién casado, con toda la devoción que un futuro padre tiene por los hijos que aún no han llegado. En los primeros años se sintió cuidada, incluso mimada. No había raspón que no se pintara, goteras que no se repararan, cañería o cisterna que no fueran apropiadamente conservadas. Ahora, sus paredes estaban viejas y despintadas, las cañerías perdían y todas las reparaciones que se le hacían eran simplemente el parche necesario para ir tirando. Ya nadie tenía fe en ella, ya nadie la cuidaba. Hasta los niños, que tanta alegría habían derrochado sobre ella, ahora la miraban como un objeto inútil, calculando lo que pudieran sacar de ella a la muerte de sus padres, miserables en su edad adulta como generosos fueron en la niñez.

Pero eran sus niños, se decía, y hoy venían a verla. Ana y su marido se ocuparon de adornarla en lo posible. Era el único día en que se juntaban todos y había que hacer lo posible para que todos estuvieran más o menos cómodos. No, no se engañaba, sabía que hacía muchos años que no eran felices, ni los niños ni los padres, pero trataban de sonreír y desearse lo mejor con palabras en este día. Lo que había en sus corazones era muy diferente, pero eso nunca se ponía en palabras.

Llegaba Gabriel, el amigo de la familia, huérfano desde niño, el único que no se dejaba empapar por la atmósfera cada vez más sombría que dominaba a la familia. Poco después, Juan, con su esposa Salomé. Nunca le gustó esa mujer: al principio pensaba que se debía sólo a la dificultad de profesar afecto a quien le robara a uno de sus niños, pero hace años que sus peores temores se vieron confirmados. Lo de Salomé con Zaqueo era un secreto que sólo fue secreto unas semanas. Sus rincones estaban sucios por el torpe enredar de esos dos. El peor era Zaqueo, claramente. Su propio hermano. “En fin”, pensó, “espero que hoy por lo menos respeten mis muros”. Sospechaba que su esperanza era vana, siempre aprovechaban cualquier reunión familiar y era poco probable que hoy hicieran una excepción.

En seguida llegaron Zaqueo y María, sus pequeños. María venía con la cara roja e hinchada de llorar. La casa quiso abrazarla con sus paredes, acunarla, hacerla sentir de nuevo su niña. “Pobre, seguro que se ha vuelto a pelear con el Pepe”

Se fueron saludando y pasando al comedor. Estaba orgullosa especialmente de esa habitación. Los padres habían hecho lo imposible por crear un ambiente festivo y alegre, pese a las circunstancias. Había quedado hermosa y lo sabía: coqueta, reflejaba los brillantes colores en las ventanas espejadas por la noche, sabiéndose elegante. Se sentaron a comer y Joaquín sacó el Chivas de la cesta de Navidad y sirvió un aperitivo. Las miradas, incómodas, iban y venían de la cara de María. Ella, atenta siempre a su niña, hizo crujir una cañería justo encima del comedor, haciendo que las conversaciones se desviaran al estado de sus entrañas.

Salomé se levantó diciendo que tenía que controlar la cena en el horno. Zaqueo la imitó a los dos minutos con la excusa de visitar su viejo cuarto y recoger algunas cosas que quería llevarse, mientras esperaban a cenar. El silencio en la mesa fue total. Juan se sirvió medio vaso más de whisky y dejó la botella al lado de su vaso, mientras su mirada, vacía y herida, como la del Bautista cuando debajo del cuello tuvo bandeja en vez de cuerpo, repasaba las grietas de la pintura, evitando las miradas de los demás. Ana estaba muy seria, Joaquín, pálido, no se atrevía a decir nada. Había callado muchas veces y hoy también lo haría: la verdad era demasiado obscena para hacerla palabras. Todos callaban lo que nunca fue un secreto. Mientras en el viejo cuarto de Zaqueo juegos de adultos mancillaban sus paredes, la casa lloraba la terrible matanza de los inocentes juegos que aún tenían eco en ella. Sus niños ya no eran sus niños.

Salvo María. Ella siempre había sido especial, más inocente, más limpia. En la mesa todos evitaban cruzar sus miradas y la casa vio como María y Gabriel se hacían confidencias a un extremo de la mesa. Ella parecía contarle con serenidad lo que había sucedido, con mirada de angustia pero en paz: Pepe la había dejado.

Al regresar esos dio comienzo la cena. El incómodo silencio se mantuvo la mayor parte de ella, interrumpido por conversaciones banales, políticas y deportivas, mientras en el fondo de la mesa, María y Gabriel gesticulaban y cuchicheaban. A los postres, la botella, siempre fiel y de guardia junto a Juan, se había entregado tan generosamente que no le quedaba nada que dar. Con el corazón roto, los ojos de sus ventanas miraron a su niño, el mayor, el que debía ser el anuncio de toda la alegría que iba a venir, agostado y hundido, hurgando su propia culpa en el fondo del vaso.

Gabriel pidió silencio.

Tenía que hacer un anuncio, dijo.

— En esta casa hay demasiado ruido y pocas palabras ciertas. María y yo hemos decidido decir lo que le pasa y no cargar a esta familia con más secretos. Está embarazada, no sabe de quién, y Pepe la ha dejado por ello. No hay mucho más que contar. Admirad su valentía y apoyadla, por favor.

Silencio en el comedor. Un silencio como sus viejas tejas no recordaban. Su corazón se animó: volverían los juegos, las risas, la inocencia. Volvería a estar llena de vida.

Y mientras las conversaciones se reanudaban y entrechocaban como olas en torno a la criatura, sintió como, despacio, tímido y con un ramo de flores, Pepe tocaba su timbre.

Y abrió sus puertas en una enorme sonrisa.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Con la E

Eran los noventa. Íbamos a la playa en verano con mis seis hermanos, en un Peugeot 504 tipo ranchera. Sin aire acondicionado, música ni teléfonos o aparatos multimedia de ningún tipo. Supongo que se hacen una idea. A mis padres, ante la desoladora perspectiva de cinco o seis horas de viaje con tan interesante compañía, sólo les faltaba vestirse de animadores infantiles. Así que para amenizar el viaje y para que los enanos no pensáramos a cada minuto en el estado de nuestras vejigas, nos ponían a cantar  alegremente diversas melodías. Una de ellas, además del infranqueable reto de coordinar tantas voces infantiles tenía el añadido lúdico de que era necesario cambiar las vocales en cada repetición. La letra era así: “Cuando Fernando Séptimo usaba paletó”; y nosotros teníamos que repetirla sustituyendo cada una de las vocales por una sóla de las cinco. Al grito de “¡Con la E!”, todos cantábamos “Quende Fernende Sépteme esebe peleté”, con el poliforme tono que pueden uds imaginar y absolutamente ajenos a la implicación política de la cancioncilla de marras.

Les cuento esto porque se me viene a la cabeza esta imagen cada vez que leo eso de “les diputades”, “les estudiantes” o “les loqueudsprefieran”. Me retrotraigo al coro infantil a cada rato, mientras los pequeños cerebros en formación trataban de reformular las palabras en nuestra mente para no equivocarnos (porque claro, el que se equivocaba quedaba eliminado). Y lo cierto es que lo veo muy, pero muy parecido a la realidad que estamos viviendo. Porque este aparente cambio imprescindible de paradigma lingüístico en que nos hayamos inmersos tiene los dos componentes del juego infantil: hay que retorcer el cerebro en busca del empleo artificial de los sustantivos y el que pierde, queda eliminado. Si no estás de acuerdo con retorcer el lenguaje, formas parte del hetero-patriarcado machista y opresor, aunque insignes lingüistas de sexo femenino digan lo contrario. Vamos: o estás de acuerdo o te ha formateado el cerebro el enemigo. No hay más posibilidades.

La cosa es que, al menos en castellano y por más que algunos no quieran reconocerlo, el género es una categoría morfológica del sustantivo y no tiene nada que ver con la condición sexual de la persona. Nuestra lengua, que deriva del latín, tiene los tres géneros que había en esa lengua: masculino, femenino y neutro. Con ninguna asunción de condición sexual alguna en la palabra. Brevemente, los sustantivos de la primera declinación, hacen en castellano sustantivos en -a, mayormente femeninos y los de la segunda, sustantivos en -o, mayormente masculinos. Sin embargo, la palabra “Nauta”, por poner un sólo ejemplo, es un sustantivo en -a de la primera y es masculino: marinero, no marinera. Un astronauta es un “marinero de las estrellas”, independientemente de cúal sea su sexo biológico. Esto es también así en Griego Clásico y en las lenguas de origen indoeuropeo.

Pese a esta realidad lingüística incontestable, hemos dado actualmente en confundir con toda intención sexo y género, con la consecuencia inmediata de querer “construir” la realidad a nuestro gusto, importándonos pepino y medio la realidad científica de la lengua, que es lo que tiene la modernidad: cuando la ciencia nos viene bien, somos todos apasionados científicos, pero no al revés, lógicamente. Lo importante es construir realidades en las que nos sintamos a gusto. Si eso tiene algún paralelismo con lo real, mejor. Pero no es imprescindible.

Uno de los mayores peligros que veo a este intento de golpe de estado lingüístico (pues no es natural, ni evolución normal de la lengua, sino mutación artificial impuesta) es que, al no estar motivada la transformación por una necesidad de la lengua sino por una necesidad de reconstrucción de la realidad que nos rodea, sus fronteras no van a ser delimitadas fácilmente. Temo a la ideología terriblemente.

Porque, claro, al no ser un cambio lógico, sino ideológico, ¿no será razonable reescribir lo que leemos para que este lenguaje supuestamente machista no anide en las mentes de nuestros educandos? Ante un posible triunfo de este lenguaje, sospecho de algunos que, animus lucrandi, reescribirán los clásicos para no enturbiar las tiernas mentes de niños y adolescentes con un lenguaje grosero y patriarcal. Tengo pánico a leer “Cántame, oh muse, le cólere del pélide Aquiles”, “Que le hombre que le desvela une pene extraordinarie, con le cantar se consuela” o encontrarme en las librerías con “Le Principite”, “Le ingeniose hidalgue don Quijote de le Manche” o “Le sume teológique”.

Sin contar con que la solución impuesta, amén de incorrecta en cuanto a la lengua, resulta bastante infantil una vez más: como se maltrata a la mujer, como algunos golpean, matan, violan o pagan de menos a seres humanos de condición sexual biológica femenina, la solución es la “e”. Cuando yo jugaba en el colegio, también teníamos una varita mágica, un conjuro o un poder de superhéroe que lo solucionaba todo. Pero al menos, nosotros sabíamos que sólo era un juego y que terminaba cuando terminaba el recreo.


Fernando Gonzalo Pellico

miércoles, 3 de octubre de 2018

Cantar de Gesta

El problema real de José Pérez
no fue el haber nacido de otro tiempo,
ni perder su trabajo en aquel día.

Tampoco es importante en este asunto
si fue feliz o no cuando era otoño,
ni es en absoluto relevante
el número de hijos que mantuvo,
los amigos que no tuvo como tales
ni muchas otras cosas de su historia.

El problema real de nuestro Pepe
fue más cuestión de pura biografía,
de confundir ganado e intrahistoria:

La piedra del talón de nuestro héroe
es que cuando murió no había nacido.

Tarde de otoño

Lejos de mí, donde lo mande el cielo,
la imagen de tu rostro me devora.
Lejos de ti, en mi maldito infierno,
quebradas ya mis sienes por tu boca,
suplico amor, reptando por el suelo.

Lejos de ti... otoño, cae la hoja.
Te trato de olvidar pero no puedo.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Lección de Intrahistoria

Pues si en verdad mi historia no es historia
y no es palabra mi murmullo pardo,
será que no es mi voz la voz del bardo:
Que no hablaré de gestas ni de gloria

y no necrófilo de la memoria
he de ser ni de serlo en deseos ardo.
Prefiero el llano canto del goliardo
que canta el canto agreste de esta noria,

que vuelta a vuelta vuelca mil pasiones
de seres asexuados que no tienen
gloriosas gestas, sino dedos yertos.

La historia la escribieron mil millones
de gentes que a la historia no se atienen:
copistas legionarios de los muertos.

Fragmentos en cristales de pronombres

Espejos y cristales y reflejos
de los sueños, etérea servidumbre:
solos, somos rescoldos de una lumbre,
las sombras de intenciones, sueños viejos.

Advierte, niña mía: aunque de lejos
parezco caminar sobre costumbre,
camino en realidad con pesadumbre
sobre pronombres rotos, desparejos.

Vivencias fermentadas pavimentan
el camino de los hijos de los hombres,
los restos, los propósitos que alientan

devienen por detrás de nuestros nombres:
las plantas, nuestros pies, nos sedimentan
fragmentos en cristales de pronombres.

lunes, 2 de enero de 2017

Melasurej

Era Navidad en una ciudad llena de Dios, de Grandes Dioses y de pequeños dioses. Los Grandes Dioses tenían templos con grandes cúpulas que devoraban almas, mientras los pequeños dioses simplemente habitaban las cosas pequeñas, anidaban en objetos cotidianos. Se mirase donde se mirase había retazos de dios: pequeños gorros o grandes sombreros, vestimentas ostentosas o humildes, símbolos de eternidad, de transcendencia almaria o de libertad bajo fianza.
Y piedras. Había una inmensa colección de piedras donde habitaban tradiciones, espiritualidad, historia y lagartijas fundamentalmente. Pasear por la ciudad era anegarse en historia, tradición y mercadillos donde costumbres y ontologías se vendían al peso al mejor postor.
De todos modos, lo mejor y lo peor de toda la ciudad, lo que nunca hubiera esperado encontrarse allí, fue el Vampiro. Había en ese momento y en ese lugar uno de esa extraña raza que tiene parte de fantasma y parte de vampiro. Lo encontró por primera vez sentado y no era peligroso ni temible, sólo una forma estética más de las que ornaban esta extraña ciudad de Melasurej.
La segunda vez fue cuando se puso de manifiesto la verdadera naturaleza de la criatura. Él estaba fumando mientras contemplaba, a través de la cortina de nieve entretejida de esperanzas y oraciones, las almas engarzadas en las piedras de sus antiguos muros, tan características de esta ciudad que se cobraba recargo por cada retazo de ánima observada en una piedra, cuando ella apareció y empezó a hablarle.
No era originaria de aquella ciudad, era una fantasma viajera, de paso por Melasurej, empezó a contar mientras lentamente desplegaba su inmenso poder en torno a él. Para cuando quiso darse cuenta, su vida entera fluía hacía ella, hablaba y hablaba sobre orígenes y metamorfosis, sobre lo ordinario y lo extraordinario, no podía retener una sola de sus escurridizas palabras, muy a su pesar.
Y además estaban sus ojos. De hecho, sólo estaban sus ojos. Contenían más almas que cualquiera de las cúpulas de los hambrientos Grandes Dioses que coronaban la ciudad. Eran intensos, esa es la palabra y todo cuanto puede describir la palabra, tan importante en Melasurej. Más los miraba, menos sentía la Materia. Ya no había dioses ni grandes piedras, ni nieve y sueños inhalando cigarrillos: el Verbo se hizo ojos y lo habitó por completo, todo lo absorbieron, todo lo escudriñaron, intensos. Según iba siendo invadido, iba bajando la guardia, iba dejando de ser.
Cuando cesó el fluir todo cobró apariencia de normalidad. La ciudad continuaba su lento vagar de oraciones, sueños y esperanzas, se sintió de nuevo él. La noche, alborotada durante la transfusión de almas, se volvió recatada y recogida, doncella casta como debe en una ciudad que rezuma dioses.
Todo estaba bien.
Y sin embargo…
No, ya había pasado.
Aunque había algo: A qué negarlo, los ojos estaban allí. El vampiro había desaparecido, pero los ojos estaban allí, presencia etérea aunque tangible.
Salió corriendo, quiso huir y no pudo, fuera donde fuera, lo miraban, lo oprimían, lo penetraban. Echó a volar en un vano intento de zafarse de ellos, pero allí estaban. Desde arriba la ciudad, sagrada, antigua y babélica, dibujaba la sonrisa del vampiro en sus antiguas piedras y calles, en cada uno de sus recodos. Voló incansable a su hogar, al refugio de lo cotidiano, al seguro reducto de las rutinas precisas.

Pero ellos estaban allí, también en sus rutinas, en el centro mismo de su hogar, en el fondo de cada vaso que bebía. Lo miraban, lo bebían, lo absorbían. Y eso es lo que le hizo darse cuenta de que había conocido a un vampiro. Bueno, eso y que lo único que bombardeaba su cabeza era acudir al teatro con ella. Y como todo el mundo sabe eso sólo sucede con los vampiros.

viernes, 6 de mayo de 2016

El ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes

No son pocos los críticos de la obra cervantina que han observado en ella una exaltación de los ideales del caballero más que una parodia evidente de un determinado género narrativo. Sin embargo, el propio autor nos deja claras indicaciones de cómo ha de entenderse su obra: su prólogo burlesco, en que se queja de la carencia de textos de autores de renombre que den el “espaldarazo”a su pobre caballero (que aprovecha el autor para ridiculizar esta costumbre en general y a Lope de Vega en particular); el sabio filósofo Cide Hamete Benengeli (que se puede traducir por señor Berenjena y que parodia lo rebuscado de los nombres que en su época abundaban en los libros de este jaez); los resultados desastrosos de sus hazañas, que quieren recrear lo aprendido en los libros de caballería sobre un orden en el mundo que ya no es real; su humor al comparar las supuestas discusiones futuras por la filiación local de su héroe en la Mancha con las que hubo al ahijar a Homero en la Grecia Clásica; la imposible sintaxis imitada de la retórica de los libros de caballería al uso: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”; el carácter vulgar de su dama Dulcinea, la cual no es otra que la villana Aldonza que, en palabras de Sancho, que la conoce, “tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo, es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante”, carácter que contrasta fuertemente con las damas inspiradoras de los fidele d’amore italianos, del amor cortés que está parodiando; los nombres parlantes de algunos personajes de su obra, como el señor gigante Caraculiambro, cuya semántica no necesita explicación alguna, etc. Serían innumerables los ejemplos de la manifiesta parodia que Cervantes quiso hacer. No quedan dudas, pues, acerca de la intencionalidad de don Miguel al escribir sobre su pobre caballero.


Ahora bien, cualquiera que se haya acercado alguna vez al análisis de las aventuras del caballero de la Triste Figura, se habrá quedado con una cierta añoranza de los ideales de un mundo mejor, habrá descubierto esa fina ironía sazonada de cierta desesperanza que acompaña la lectura de esta obra. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha comienza siendo la narración de un pobre hidalgo venido a menos que enloquece leyendo libros de caballería y cuyos batacazos provocan  regocijo y humor pero en la segunda parte, El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, cada vez que nuestro pobre caballero emprende una acción destinada a proteger al débil y vuelve a fracasar, apaleado y dolorido, sentimos un leve dolor sordo.


¿A qué se debe esta aparente contradicción, esta extraordinaria paradoja quijotesca? A la crítica moderna le desagrada iluminar la obra con la vida del autor. Es, sin embargo, evidente, que las vivencias de quien escribe quedan parcialmente consagradas en lo que escribe. El único acercamiento a la realidad de los personajes de una obra es el que ha experimentado su autor: a fin de cuentas nadie da lo que no tiene. Creo, pues, que un acercamiento a la biografía de Cervantes será revelador en este asunto. Puesto que en el intento de parodiar a su pobre héroe se hace manifiesto el otro caballero andante que hay en esta trama, el propio don Miguel.


Desde la primera parte, el lector barrunta algo. ¿Cómo puede ser que el que es considerado el mayor representante de las letras castellanas incluya en su obra un discurso que sitúe al soldado por encima del hombre de letras? Y no sólo eso: podría don Miguel haber creado un personaje que no temblara jamás ante la vista del enemigo, como era propio de algunos libros de caballería. Sin embargo, nuestro hidalgo teme y se encomienda a Dios, sin huir jamás de aquello que debe acometer por su honor de caballero, pero sabiendo perfectamente que los huesos que se están apostando en este juego son los suyos. Sabe que ser valiente no es tener miedo, sino vencerlo. Y hace de ello su rúbrica. Curioso todo ello en la pluma de un simple funcionario oscuro cuya función es recaudar impuestos. ¿O es que hay otro Cervantes?


Sabemos que don Miguel luchó en Lepanto, la que fue, según sus propias palabras en el prólogo de don Quijote “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, descripción que ya debería darnos una pista de hacia dónde apuntan sus anhelos. Sabemos que en esa batalla perdió la movilidad del brazo (conviene recordar aquí que la manquedad de Cervantes no lo es bajo el significado que esta palabra tiene en nuestros días: tenía el brazo inútil por un arcabuzazo, no amputado), herida que considera una medalla encarnada en su cuerpo que atestigua su honor por haber luchado bajo las órdenes de don Juan de Austria. Sabemos que su hermano murió en batalla en Flandes.


De su paso por los baños de Argel, las cárceles de prisioneros de guerra en Árgel, también se puede leer este espíritu caballeresco: trató de escapar en cuatro ocasiones, en intentos organizados por él mismo. Intentos en ocasiones descubiertos por sus propios compañeros de fuga, como el delatado por Juan Blanco de Paz, que como ya es sabido, obtuvo por su delación un escudo y una jarra de manteca, pobre recompensa para tanto daño. Cada vez que fue descubierto prefirió la tortura a la traición. Pasó pues cinco terribles años de cautiverio en Árgel.


Ahora imaginen uds a este soldado que llega a España tras haber triunfado en Lepanto, quebrantado en algo su ánimo por los largos años de cautiverio y los malos tratos, con cartas de recomendación de grandes de España, tratando de que se le recompense con al menos un oficio. Su ambición era cruzar a las Indias, ir como funcionario o soldado a poner su espada y su pluma al servicio de Su Majestad. Sus súplicas fueron ignoradas, nunca se le dió nada y termina como funcionario de recaudación de impuestos, oficio tan considerado entonces como viene a serlo hoy en día. Las humillaciones y vejaciones de su vida aún están empezando. Además de la encarcelación en los baños, pasará dos veces más por la cárcel. En la primera ocasión por acusaciones probablemente infundadas de robarse parte de lo recaudado, en la segunda por algunas circunstancias no muy claras sobre el honor de sus hermanas, apodadas despectivamente “las Cervantas”. A la humillación de la cárcel se le añade en esta ocasión el escarnio público, que, de ser cierto, no es sobre sus actividades sino sobre las de otros, aunque le toquen tan de cerca. En una de esas temporadas de reflexión en la cárcel, nace el Quijote. Así lo dice el autor en su prólogo: ”la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel”. Calculen la desazón de este hombre cuyo concepto del honor podemos vislumbrar por su acciones en Lepanto y en Argel, preso como un criminal a manos de la maquinaria de un rey por el que daría la vida sin dudarlo un instante.


Es aún Cervantes un hombre más renacentista que Barroco, más como Garcilaso que como Quevedo o Lope. Los ideales a los que debe fidelidad ya no están vigentes en sus compatriotas y coetáneos. Y ahí estriba el problema. A lo largo de toda su obra podemos ver cuáles son sus opiniones en muy diversos asuntos. Para muestra estas citas:

-En los grandes peligros, la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperada fuerza (Persiles, Libro I, capítulo VIII).
-Un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma (Persiles, Libro I, capítulo XIV).
-El andar las tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos (Coloquio de los perros).
-Cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces. (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. IV)
-El sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertas. (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. LXX)
-La buena y verdadera amistad no debe ser sospechosa en nada. (Don Quijote de la Mancha, 1ª parte, Cap. XXXIII)
-La ingratitud es hija de la soberbia. (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. LI)
-El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. XXV).
-La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. X)
-No seas siempre riguroso ni siempre blando y escoge entre estos dos extremos; que en ello está el punto de la discreción (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. LI)
-El hacer bien a villanos es echar agua al mar (Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. LI).


Su modo de entender la vida no incluye todavía esa visión doliente y desesperanzada que sí tendrá Quevedo. Es un soldado, un caballero a quien los conceptos Dios, Patria y Rey le llenan la boca y el espíritu. Pero es también la ola que choca contra el muro una y otra vez, puesto que esos valores que él quiere, que le parecen justos, ya no imperan.


Esa es, a mi pobre entender, la razón de la ironía presente en su obra, de su dolor cotidiano y hermano que le acompaña en su camino al igual que acompaña al de la Triste Figura cada vez que trata de traer al presente de la novela su ideal por un mundo mejor.


Al final de la obra nuestro héroe recobra su juicio y muere cristianamente, como no podía ser de otra manera. Nunca Cervantes hubiera puesto a su héroe en el trance de tener su salvación y su credibilidad en entredicho. Es una manera más de decirnos con su coro polifónico que cuidado, que a lo mejor no estaba tan loco el pobre caballero, que quizá los locos son los que no ven el mundo a través de un ideal. No sin antes haber convertido a Sancho en un creyente, siendo que es éste el que quiere salir a emular ahora la novela pastoril, cuyos excesos también denuncia el autor en su obra, aunque en menor cuantía.


No es un personaje cómico menor el de Sancho, por cierto. Si bien empieza siendo un simple, que imita a su amo en sus locuras, termina siendo un amigo, un compañero que empieza a vislumbrar el mundo bajo la misma óptica que su amigo, que ya no su amo.


La quema de libros que hay en la casa de nuestro hidalgo tras su primera salida apunta también a esto. No se condenan todos los libros, sólo los que exageran notablemente, los que rompen con la verosimilitud, con las reglas de ese mundo en el que se mueven los caballeros. Los libros que se salvan, como el Amadís original, la Diana de Montemayor, la Aruacana, Tirante el Blanco y algunos otros (incluyendo con su juego perpetuo La Galatea, del mismo Cervantes, que más que salvarse se pone en cuarentena) nos vienen a hablar una vez más del hombre culto renacentista. Los ha leído, los conoce y a aquellos en que, aún disparatados, encuentra belleza o verdad, los preserva del fuego purificador. Es otra guía, otro aviso. Casi imagino a Cervantes diciéndonos: “Mire vuesa merced que no son lo mismo Amadís que Belianís, que del uno se aprende y del otro se enloquece”.

Al final de sus días Cervantes muere pobre y casi sólo, sin haberse beneficiado nunca de las regalías de sus libros, pues malvende los derechos para poder mantenerse. Casi anónimo, no con la fama de Lope por ejemplo, ni su buen pasar. Maltratado por su época, como lo fue su caballero. Del escritor más famoso en la lengua castellana, cuando esta lengua se hablaba en un imperio donde no se ponía el sol, ni sabemos donde fue enterrado ni gran parte de su biografía. Allí quedó en la historia el autor: risible, con su honra en entredicho, pobre, de triste figura. Como su pobre Quijote, como él mismo.

Presentación

Esta es una página de libros y referencias literarias. El título, como el sagaz lector habrá deducido sin duda, tiene que ver con el donoso escrutinio que hacen el cura y el barbero en la biblioteca de don Quijote. Qué mejor nombre para un blog que quiere hablar de libros, ¿no?

Mi nombre es Fernando, soy profesor de Lengua y Literatura. Pero por sobre todo soy lector. Antes que nada más de lo que haya sido, sea o seré, he sido lector incansable desde que aprendí a juntar letras.

Quiero escribir de libros que me gusten, poemas, autores y de todo lo relacionado con el hecho literario.

Bienvenido, pues, a esta casa de libros, ya sea que prefieras una biblioteca de Babel, una librería de Koreander o cualquier otro lugar donde habiten libros, autores y personajes.

Gracias por visitarme.